México no tiene que demostrar que sabe organizar una Copa del Mundo. Ya lo hizo en 1970 y volvió a hacerlo en 1986. De hecho, en 2026 se convertirá en el primer país en la historia en ser sede de tres mundiales masculinos.
La pregunta ya no es si puede organizar el torneo. La pregunta es qué país mostrará cuando el mundo vuelva a poner los ojos sobre él.
Durante décadas, los gobiernos han visto los mundiales como una oportunidad para proyectar fortaleza, atraer inversiones y mejorar su imagen internacional. No es casualidad. Durante semanas llegan periodistas de todo el planeta, cientos de miles de visitantes y una atención mediática que ningún presupuesto publicitario podría comprar. Sin embargo, la historia demuestra que mientras más grande es el reflector, más difícil resulta esconder los problemas.
México ya conoce esa experiencia.
En 1970 utilizó el torneo para presentarse como una nación capaz de organizar un evento de escala mundial. En 1986 recibió nuevamente la Copa del Mundo apenas unos meses después del terremoto que cambió para siempre la vida de miles de familias mexicanas.
Aquel mundial terminó siendo un símbolo de recuperación, pero también dejó una enseñanza que sigue vigente cuarenta años después: los torneos terminan; los problemas de un país permanecen.Por eso el verdadero reto de 2026 no estará en los estadios.Los partidos durarán noventa minutos. Las fotografías de la inauguración recorrerán el mundo durante algunos días. Los goles ocuparán titulares y las celebraciones llenarán las redes sociales.
Lo que realmente quedará bajo observación serán los aeropuertos, las carreteras, el transporte público, la seguridad, la capacidad de respuesta de las autoridades y la experiencia que se lleven millones de visitantes.Brasil lo aprendió en 2014. Sudáfrica lo aprendió en 2010. Catar lo vivió en 2022. Ningún país sede logra escapar a las preguntas que aparecen cuando termina la ceremonia inaugural y comienza la vida real.
En México esas preguntas también existen.
¿Quién recibirá los mayores beneficios económicos del torneo? ¿Qué obras dejarán resultados permanentes y cuáles terminarán convertidas en monumentos al corto plazo? ¿Cómo responderán las ciudades sede ante la presión de millones de visitantes? ¿Qué imagen se llevarán quienes visiten el país por primera vez?
Y hay otra interrogante que inevitablemente aparecerá en el terreno político.
Cuando un gobierno participa activamente en un evento de esta magnitud, corre el riesgo de que cualquier problema termine convirtiéndose en un costo político. Cuando toma distancia, también se expone a las críticas de quienes consideran que desaprovecha una oportunidad histórica. En ambos casos hay ventajas y riesgos.
En ambos casos hay cálculo político.Quizá por eso el mundial de 2026 será distinto a los anteriores.No porque México no sepa organizarlo.No porque falte experiencia.No porque el país desconozca lo que significa recibir a millones de personas.Será distinto porque vivimos en una época donde todo se documenta, todo se comparte y todo se juzga en tiempo real. Un acierto puede recorrer el mundo en segundos. Un error también.
Cuando se juegue el partido inaugural, millones de personas estarán pendientes de lo que ocurra dentro de la cancha. Pero el examen más importante sucederá fuera de ella.Porque al final, los visitantes regresarán a sus países, los patrocinadores cerrarán sus campañas y los estadios volverán a la rutina.
Lo único que permanecerá será el recuerdo de cómo funcionó México cuando tuvo nuevamente la atención del mundo.
La Selección jugará once partidos o menos.
México será evaluado durante semanas.
Y en ese partido, no hay tiempo extra ni margen para improvisar.
