El gobierno de Javier Milei estudia una normativa que permitiría imponer multas de hasta un millón de pesos argentinos a cualquier persona que circule en la vía pública con disfraces, trajes o máscaras vinculadas al movimiento therian, tras una serie de incidentes recientes que encendieron el debate nacional.
La propuesta —que aún se encuentra en análisis— apunta a sancionar conductas en espacios públicos que, según reportes, han derivado en agresiones y alteraciones del orden.
El movimiento therian, o de therianthropía, está conformado principalmente por jóvenes que se identifican espiritual o psicológicamente con un animal.
Algunos realizan encuentros en plazas públicas, utilizan máscaras de lobo, zorro o gato, caminan en cuatro patas y se organizan en lo que denominan “manadas”.
El fenómeno se viralizó luego de episodios polémicos.
En Jesús María, Córdoba, una madre denunció que su hija de 14 años fue perseguida, olfateada y mordida en el tobillo por un grupo de jóvenes con máscaras de lobo.
Días después, en el Barrio Chino de Buenos Aires, la policía detuvo a una adolescente therian acusada de morder a varios transeúntes.
Bajo ese contexto, el argumento oficial no gira en torno a la identidad o la expresión individual, sino a comportamientos agresivos que podrían afectar a terceros.
Sin embargo, la iniciativa dividió al país entre quienes consideran que se trata de una medida necesaria de orden público y quienes la califican como sobrerreacción o censura.
El debate no es menor: ¿dónde termina la libertad de expresión y dónde comienza la responsabilidad en el espacio público?
El fenómeno ya no es exclusivo de Argentina. Se reportan reuniones similares en Chile, Uruguay y en algunas plazas de la Ciudad de México, donde el movimiento ha comenzado a ganar visibilidad en redes sociales.
La pregunta inevitable es si, ante incidentes similares, ¿México estaría dispuesto a discutir sanciones semejantes?¿O el marco legal actual ya establece límites suficientes para conductas que afecten a terceros?
El tema abre una discusión más amplia: no sobre disfraces, sino sobre los límites del comportamiento en espacios públicos y el papel del Estado cuando una subcultura cruza la línea de la convivencia.
